Tenemos la suerte de compartir una publicación realizada por una de nuestras compañeras, Palmira Jurado, durante su rotación en una Consejería de Sanidad:

Las formas de enfermar y morir de las personas son desiguales y están determinadas por las condiciones de vida. Entre las desigualdades menos conocidas se encuentran las desigualdades de género. Incorporar la perspectiva de género en el estudio de la salud significa conocer las desigualdades que existen entre las mujeres y los hombres en esta materia. Para profundizar en el conocimiento de esta realidad a continuación se analizan algunos de los principales factores que dan lugar a desigualdades en salud.

La visión androcéntrica de la salud (centrada en el hombre) ha prevalecido históricamente y se mantiene en el momento actual en las ciencias biomédicas dando lugar a la aplicación a las mujeres de los resultados de los estudios obtenidos en los hombres. Esto ha tenido graves consecuencias para la salud de las mujeres. Por ejemplo, éstas tienen una esperanza de vida mayor que los hombres pero con peor calidad de vida por la mayor morbilidad e incapacidad funcional.

Otro ejemplo de esta visión es que la sintomatología del infarto agudo de miocardio en las mujeres no se corresponde con la descrita en los estudios de enfermedades cardiovasculares realizados en población masculina, por tanto, dificulta el diagnóstico de esta patología, retrasa la terapéutica y provoca una mayor morbimortalidad en el sexo femenino.

En la misma línea, la prevención de enfermedades y la atención sanitaria a las mujeres se han centrado primordialmente en lasalud reproductiva (embarazo y menopausia) y la anticoncepción; esta focalización de la salud de las mujeres ha limitado un abordaje integral, les ha atribuido el desempeño de la crianza y los cuidados, además de ignorar la corresponsabilidad de los hombres a este respeto.

 Foto: Antonio Marín Segovia

La pobreza es otro determinante fundamental de salud que requiere análisis de género. Según la Organización Mundial de la Salud es el mayor determinante individual de mala salud. Las personas pobres mueren más jóvenes y sufren mayores discapacidades, están expuestas a riesgos más elevados como consecuencia de unas condiciones de vida poco saludables, tanto en los hogares como en los lugares de trabajo; adicionalmente, cuando enferman tienen una recuperación más lenta, especialmente si su acceso a los servicios de atención a la salud es limitado (Banco Mundial, 1993).

Se ha puesto de manifiesto una mayor susceptibilidad de las mujeres que ha llevado a acuñar los términos “feminización de la pobreza” (hace referencia al número creciente de mujeres entre la población pobre) y “empobrecimiento de las mujeres” (expresa el empeoramiento de los estándares de vida de las mismas). Ambos conceptos ponen de manifiesto un fenómeno antiguo que continua vigente e ignorado (ya advertido en el años 2000 por El Colectivo de las Mujeres de Boston). A modo de ejemplo, en España, casi la mitad de las mujeres (47,4%) serían pobres si vivieran solas, el doble que de hombres (23,8%) según el Informe Foessa de 2014.

El trabajo no remunerado es otro fenómeno que hay que analizar en cuanto a la falta de equidad y sus efectos en la salud. Comprende aquellas actividades relacionadas con las tareas del hogar, el cuidado de personas dependientes, las colaboraciones sociales y cursos no retribuidos. Datos del INE muestran que las mujeres dedican 26’5 horas al  trabajo no remunerado frente a 14 horas de los hombres. Este trabajo gratuito es infravalorado socialmente, sin embargo, esta contribución invisible de las mujeres (fruto de la desigualdad de género) está cuantificada por el Foro Económico Mundial. Este organismo en su informe 2017 estima que si la brecha económica de género se redujese en un 25 % para el año 2025, el PIB mundial aumentaría en 5’3 billones de euros en el mismo periodo. Sin embargo, este objetivo está lejos de lograrse porque de 144 países, 82 han empeorado en el último año.

Por otra parte, la participación de las mujeres en los trabajos remunerados no ha supuesto el mismo movimiento de los hombres hacia la participación en los trabajos domésticos y de cuidados lo que provoca una sobrecarga diaria para las mujeres debido a la “doble jornada”, fuera y dentro del domicilio. Incluso se convierte en una “triple jornada” cuando tienen que proporcionar cuidados de crianza o a familiares dependientes.

Esta problemática revierte en un peor estado de salud porque además del cansancio de una doble o triple jornada aumenta el grado de estrés y ansiedad. Hecho más frecuente en las trabajadoras menos cualificadas que en las de alta cualificación. Las mujeres que tienen un trabajo mejor remunerado y cuentan con servicio doméstico o aquellas cuyas parejas se corresponsabilizan en las tareas del hogar, la crianza y/o cuidados de personas dependientes presentan mejores indicadores de salud.

También se plasman de forma evidente las desigualdades socioeconómicas entre hombres y mujeres en el medio laboral. Las mujeres ocupan puestos de trabajo principalmente en el sector servicios mientras que la actividad laboral masculina suele concentrarse en el sector primario y en la industria (segregación horizontal).

Además, independientemente del sector económico donde se ejerza el trabajo, los puestos de mayor prestigio y poder son ocupados por hombres, relegando a las mujeres a puestos subordinados (segregación vertical).

Según informes publicados recientemente por diferentes organizaciones sindicales (CC.OO. y UGT), existe una brecha salarial entre hombre y mujeres con una diferencia anual entre un 23% y un 30% en el salario, siendo superior el sueldo medio anual de los hombres aproximadamente entre 5.941 y 7.329 euros.

Otras publicaciones internacionales constatan estos datos, que por trabajo de igual valor los hombres reciben 21.000 dólares al año de media, frente a los 12.000 que reciben las mujeres, lo que tendrá una clara repercusión en las pensiones y en el acceso a servicios y bienes de consumo.

Desde el análisis de género en las desigualdades salariales hay que considerar que se retribuyen aspectos como el esfuerzo físico, la toxicidad o la peligrosidad relacionados ampliamente con“trabajos masculinos” y no los riesgos relacionados con “trabajos femeninos” como la toxicidad por la exposición a los productos químicos de limpieza o la atención por trabajos de precisión. Las condiciones laborales de hombres y mujeres influyen en la percepción de la salud, en los estilos de vida que influyen en ella, en las conductas de riesgo, en la forma de enfermar y en la utilización de los servicios sanitarios.

Las mujeres sufren mayor precariedad laboral que los hombres al ocupar un 75% de los contratos a tiempo parcial, sea debido a que no les ofrecen otro tipo de contratos o a la obligación de conciliar el trabajo remunerado y no remunerado. Por lo tanto, esta mal llamada conciliación laboral y familiar puede ser un factor de riesgo para la salud de las mujeres si únicamente concilian ellas.

Estas condiciones de vida repercuten en la disponibilidad de tiempo dando como resultado que las mujeres dedican menos tiempo que los hombres a su vida personal (ocio, autocuidado, relaciones) y más tiempo al cuidado de la familia y las tareas del hogar.

En relación con las desigualdades en los estilos de vida, las niñas y las mujeres practican menos actividad física y deporte que los niños y los hombres para los mismos rangos de edad, ya que en ellas se potencia menos desde la infancia la práctica del ejercicio físico.

Como es sabido, las consecuencias del sedentarismo sobre la salud es la mayor frecuencia de enfermedades crónicas y sus factores de riesgo. Otro efecto de la influencia del contexto social en los estilos de vida y en las conductas de riesgo es el tabaquismo. El cáncer de pulmón y la enfermedad obstructiva crónica asociados al hábito tabáquico han sido hasta hace unos años enfermedades “masculinas”. Sin embargo, en las últimas décadas ha habido un cambio social que ha fomentado la disminución del consumo de tabaco en los hombres y un drástico crecimiento del tabaquismo en mujeres al convertirse en foco de atención de la industria del tabaco y asociarse ideológicamente al mito de una mayor libertad individual.

La forma extrema de las desigualdades de género es la violencia hacia las mujeres cuyo efecto es la devastación de su vida y su salud por el hecho de ser mujeres. La violencia de género más frecuentemente ejercida en nuestro entorno es la violencia de pareja o expareja, que se incrementa notablemente durante el embarazo. En concreto, según datos europeos, se estima que el 20% de las mujeres embarazadas son víctimas de la violencia ejercida por sus parejas actuales y el 42% de víctimas de violencia por parte de parejas anteriores afirmó que durante el embarazo también hubo violencia física o sexual.

Sin embargo, ésta no es la única forma de violencia de género y cada vez son más visibles los casos de violencia sexual, acoso laboral, mutilación genital femenina, matrimonios precoces, trata de mujeres con fines de explotación sexual y/o laboral y la inducción a la prostitución.

En resumen, el estudio y afrontamiento de los problemas de salud sin perspectiva de género produce sesgos que tienen efectos graves y perpetúan las inequidades sobre la salud de hombres y mujeres. Lograr una sociedad equitativa que no discrimine a las mujeres supone un reto para las políticas públicas y las intervenciones en salud pública.

Palmira Jurado MacíasMIR de Medicina Preventiva y Salud Pública

Luisa Lasheras LozanoMédica Salubrista

Marisa Pires Alcaide. Pedagoga Salubrista